Hoy hace 1 año que Altea, mi lobita, falleció. He querido sentarme a escribir cómo fue ese día, principalmente, porque creo que me va a venir bien a mi -y así lo he confirmado al terminar -; y he pensado en compartirlo porque, según me dicen vuestros comentarios, puede ayudar a otras personas a entender el proceso de alguien que ha pasado por la misma situación.
No cojas nada de lo que digo como verdad, ni pienses que lo que yo hice es lo que hay que hacer. Yo hice lo que pude y supe en cada momento, teniendo en cuenta que era la primera vez en mi vida que perdía a un ser tan amado, en este caso, a uno de mis perros.
Esto solo es mi experiencia, desnuda, sin tapujos. Te cuento lo que sentí en cada momento sin adornarlo.
En este texto encontrarás:
– Lo que sentí en cada momento, sin tapujos.
– Algunos trozos de vídeos y fotos que saqué en esos momentos
– Lo que ocurrió en cada momento, incluyendo signos de dolor en Altea.
– Lo que hice o no hice, las decisiones que tomé, según fueron ocurriendo las cosas.
Si crees que leerlo puede venirte bien, adelante, esa es la razón por la que lo he compartido. Si crees que puede hacerte daño y que no es el momento, no lo leas. No te preocupes, esto va a quedar colgado indefinidamente, podrás recurrir al texto en el momento que sientas que te puede venir bien, si eso ocurre.
Sin más, te dejo con el texto. Un abrazo fuerte.
11 de diciembre de 2021
Altea ayer caminó. Dos días antes, 9 de diciembre, ella empezó a no poder levantarse, y eso seguía sin poder hacerlo, pero ayer la llevé en bracitos hasta nuestra zona habitual de paseo, una zona de tierra amplia elevada justo enfrente de casa, la dejé sobre la tierra y caminó y paseó, a su ritmo, pero lo hizo. Dimos nuestro paseo habitual los cuatro juntos, y hasta parecía que Zerito y Amelie se adaptaban a su velocidad de crucero, más pausada.
Recuerdo que colgué ese vídeo en stories de Instagram y se lo envié a varios amigos y amigas que esos días estaban pendientes de su evolución. David Nieto, uno de esos amigos, dijo: “¡qué bien, parece que está mejor!”, la comunidad #perrorista de Instagram de Diéresis Animal respondió con muchos corazones y enviándonos muchos ánimos. Y mi amigo veterinario volvió a consultarme sobre su estado general “¿ha hecho pis y caca?, ¿está comiendo? Vane cuando quieras sabes que estoy aquí, lo que tarde en llegar”.
Esa noche, día 10, volvimos a dormir bien, mi mente ya había asimilado como algo normal que no pudiera levantarse, y simplemente acepté que iba a tener que llevarla en brazos siempre hasta la zona de paseo y listo. Sin más. Siempre, es decir, en mi mente, durante los próximos años. Una vez más, yo tenía mis días perfectamente planificados con trabajo como si no fuera a pasar nada, de hecho, al día siguiente, tenía planificada una clase a las 10 de la mañana.
El 11 de diciembre de 2021 por la mañana volvió a ocurrir lo mismo, pero noté algo extraño en su mirada. Ya hacía varios días que notaba que tenía la mirada perdida de vez en cuando, como desconectada de la realidad. Esa mañana ya era muy notorio, le costaba hasta conectar conmigo visualmente.
La cogí en bracitos, la bajé a ella sola a la zona de tierra de enfrente del portal, hizo pis en el mismo lugar en el que la había dejado, y no se movió ni un milímetro, se quedó allí de pie, esperando, como si no pudiera dar ni un solo paso. Como tenía prisa por ir a dar clase, y tampoco quería estar presenciando aquella situación más tiempo, la volví a subir y empecé a cambiarme. Mientras me cambiaba, hablaba por Whatsapp con algunos amigos y amigas que me había escrito preguntando qué tal estaba, y yo respondí: “bien, está bien dentro de lo que cabe”, cuando en el fondo sabía que no era así.
Cuando estaba literalmente a punto de salir por la puerta, la miré tumbada en la cama con la cabeza reposando sobre el borde de la misma y pensé: “¿Qué c*ñ* haces? ¿A dónde vas? No puedes ir a ningún sitio”.
Desde fuera podía parecer muy obvio que no debía siquiera haber pensado en irme, pero realmente para mi era impensable que todo lo que estaba pasando significara que el fin se acercaba. Nunca había pasado por algo así. Había convivido con más perros, pero era más pequeña y nunca había tenido que vivir un momento como este. De hecho, los perros con los que había convivido habían “desaparecido misteriosamente” de casa, es decir, que mis padres los habían regalado. También fueron situaciones dolorosas, pero ni tenía la relación que tengo ahora con mis perros, ni fueron situaciones en las que tuve que acompañarles hasta la muerte.
De repente me invadió un sentimiento de culpa enorme, ENORME, y me tumbé a su lado pidiéndole perdón. “No me voy a ningún sitio, no te preocupes lobita”. Escribí a una compañera pidiéndole por favor que me sustituyera dando la clase, que tenía que quedarme con Altea. Me dijo que no me preocupara, que al terminar la clase pasaba a vernos para ver cómo estábamos.
Inmediatamente después pensé: “Vane, ya está. No la hagas sufrir más.” Y casi sin meditar qué iba a decir, le envié un audio a mi amigo veterinario pidiéndole que viniera. Mientras le hablaba esas cuatro palabras, lloraba a lágrima viva, no se cuánto de lo que dije se entendió, pero me respondió: “Cojo unas cosas y voy enseguida Vane”.
En ese momento vivía conmigo Cami, mi ahijada de Argentina que había venido a pasar unos meses a España, pero en ese instante estaba durmiendo y casi que lo agradecí. Cami ama a los perros igual que yo, pero en esos momentos yo era una completa desconocida para mi misma y no sabía cómo iba a reaccionar, prefería vivir ese proceso sola.
Me tumbé a su lado y no me moví de allí. Zerito y Amelie se tumbaron a nuestro alrededor sin que yo les dijera nada. Hicieron un círculo perfecto entre los cuatro alrededor mio.
Ya no pude dejar de llorar, simplemente me caían las lágrimas como si de una fuente se tratase, sin que yo emitiera ningún sonido ni llanto ni hiciera ningún esfuerzo, las lágrimas brotaban sin parar. Sin saber siquiera por qué o para qué, puse el móvil a grabar. Su respiración empezaba a acelerarse a medida que pasaban los minutos, yo no podía hacer nada más que dejar caer las lágrimas, darle besos suaves en su cabecita y decirle: “Lobita, te quiero con locura. Vete ya, no te preocupes, vete tranquila”.
Esa noche, día 10, volvimos a dormir bien, mi mente ya había asimilado como algo normal que no pudiera levantarse, y simplemente acepté que iba a tener que llevarla en brazos siempre hasta la zona de paseo y listo. Sin más. Siempre, es decir, en mi mente, durante los próximos años. Una vez más, yo tenía mis días perfectamente planificados con trabajo como si no fuera a pasar nada, de hecho, al día siguiente, tenía planificada una clase a las 10 de la mañana.
El 11 de diciembre de 2021 por la mañana volvió a ocurrir lo mismo, pero noté algo extraño en su mirada. Ya hacía varios días que notaba que tenía la mirada perdida de vez en cuando, como desconectada de la realidad. Esa mañana ya era muy notorio, le costaba hasta conectar conmigo visualmente.
La cogí en bracitos, la bajé a ella sola a la zona de tierra de enfrente del portal, hizo pis en el mismo lugar en el que la había dejado, y no se movió ni un milímetro, se quedó allí de pie, esperando, como si no pudiera dar ni un solo paso. Como tenía prisa por ir a dar clase, y tampoco quería estar presenciando aquella situación más tiempo, la volví a subir y empecé a cambiarme. Mientras me cambiaba, hablaba por Whatsapp con algunos amigos y amigas que me había escrito preguntando qué tal estaba, y yo respondí: “bien, está bien dentro de lo que cabe”, cuando en el fondo sabía que no era así.
Cuando estaba literalmente a punto de salir por la puerta, la miré tumbada en la cama con la cabeza reposando sobre el borde de la misma y pensé: “¿Qué c*ñ* haces? ¿A dónde vas? No puedes ir a ningún sitio”.
Desde fuera podía parecer muy obvio que no debía siquiera haber pensado en irme, pero realmente para mi era impensable que todo lo que estaba pasando significara que el fin se acercaba. Nunca había pasado por algo así. Había convivido con más perros, pero era más pequeña y nunca había tenido que vivir un momento como este. De hecho, los perros con los que había convivido habían “desaparecido misteriosamente” de casa, es decir, que mis padres los habían regalado. También fueron situaciones dolorosas, pero ni tenía la relación que tengo ahora con mis perros, ni fueron situaciones en las que tuve que acompañarles hasta la muerte.
De repente me invadió un sentimiento de culpa enorme, ENORME, y me tumbé a su lado pidiéndole perdón. “No me voy a ningún sitio, no te preocupes lobita”. Escribí a una compañera pidiéndole por favor que me sustituyera dando la clase, que tenía que quedarme con Altea. Me dijo que no me preocupara, que al terminar la clase pasaba a vernos para ver cómo estábamos.
Inmediatamente después pensé: “Vane, ya está. No la hagas sufrir más.” Y casi sin meditar qué iba a decir, le envié un audio a mi amigo veterinario pidiéndole que viniera. Mientras le hablaba esas cuatro palabras, lloraba a lágrima viva, no se cuánto de lo que dije se entendió, pero me respondió: “Cojo unas cosas y voy enseguida Vane”.
En ese momento vivía conmigo Cami, mi ahijada de Argentina que había venido a pasar unos meses a España, pero en ese instante estaba durmiendo y casi que lo agradecí. Cami ama a los perros igual que yo, pero en esos momentos yo era una completa desconocida para mi misma y no sabía cómo iba a reaccionar, prefería vivir ese proceso sola.
Me tumbé a su lado y no me moví de allí. Zerito y Amelie se tumbaron a nuestro alrededor sin que yo les dijera nada. Hicieron un círculo perfecto entre los cuatro alrededor mio.
Ya no pude dejar de llorar, simplemente me caían las lágrimas como si de una fuente se tratase, sin que yo emitiera ningún sonido ni llanto ni hiciera ningún esfuerzo, las lágrimas brotaban sin parar. Sin saber siquiera por qué o para qué, puse el móvil a grabar. Su respiración empezaba a acelerarse a medida que pasaban los minutos, yo no podía hacer nada más que dejar caer las lágrimas, darle besos suaves en su cabecita y decirle: “Lobita, te quiero con locura. Vete ya, no te preocupes, vete tranquila”.
Me quedé unos minutos allí, llorando por mi misma, sintiéndome como una niña pequeña abandonada.
Mi amigo veterinario me había explicado días atrás qué hacer en caso de que pasara eso, así que no se en qué momento, llamé al tanatorio de animales.
Era sábado por lo que estaba cerrado y tenían servicio de guardia. Me atendió un hombre y me dijo que vendría lo antes posible.
Recuerdo estar hablando con él con el miedo de que me dijera o preguntara algo que me doliera. Me preguntó por el tipo de perro, el peso y la dirección, nada más. Colgué y me senté en el sofá. No podía dejar de mirar su cuerpo inerte. Ya no me nacía acercarme a ella, solo pensaba: “Altea ya no está ahí dentro”.
De repente Cami entró al salón, se quedó mirando a Altea y me dijo: “¿qué pasó?”
“Se ha ido” le dije. Se acercó a ella y empezó a acariciarla: “Lobita, ya estás en paz”.
“Ya se ha puesto dura” dijo. Ese comentario me entró como un cuchillo en el corazón.
Cami tenía 19 años en ese momento. En Argentina ella vivía con mi ex pareja, quien tiene una protectora de perros y dedica mucho tiempo a rescatar y rehabilitar perros para darlos en adopción. Involucra todo lo que puede a Cami y a su hermano, y muchos rescates no salen bien, por lo que Cami estaba mucho más familiarizada con la muerte que yo. Yo nunca había pasado por algo así ni había visto a ningún perro muerto. Menos uno de mis perros, un miembro de mi familia.
Contextualicé ese comentario y me relajé. Sabía más que de sobra que la intención de Cami no era mala, solo descriptiva. De hecho, me sorprendía que pudiera estar acariciándola mientras yacía allí, muerta. A mi ya no me nacía acercarme a ese cuerpo para nada, para mi Altea ya no estaba ahí.
Se sentó en el sofá conmigo y nos quedamos las dos en silencio mirándola.
“¿Y ahora qué? ¿La enterramos?” me preguntó. “No, vienen del tanatorio a por ella” le dije.
Solo quería que se la llevaran de allí. Los minutos pasaban y nadie llegaba. Cami fue a darse una ducha y yo seguí allí en el sofá, mirándola.
“Aquí estoy, con un cadáver en mi salón”. No podía dejar de pensar eso. Había dejado de llorar hacía rato, sentía que debía mantenerme entera delante de Cami, a parte de que nunca me ha resultado fácil llorar delante de los demás. “Que se la lleven ya y me meto en la cama a llorar. Que se la lleven ya, por favor”.
De repente sonó el timbre. Eran Desi y Aida, dos amigas. Ya no recuerdo si fui yo quien les dijo que Altea se había ido o fue Cami, pero la cuestión es que estaban allí. Se que ellas me conocen de sobra y saben que cuando estoy mal no quiero ver a nadie, pero ellas vinieron igualmente. Al verlas me tensé y pensé que no quería que estuvieran allí, pero a los pocos minutos me sentí muy arropada. Me di cuenta de que necesitaba que estuvieran allí conmigo, sobre todo en el momento en el que vinieran a por el cuerpo de Altea. No recuerdo qué me dijeron exactamente o qué hicimos, solo tengo ese recuerdo de sentirme arropada, de que ellas habían sabido lo que necesitaba antes que yo misma.
“He llamado hace rato y aquí no viene nadie” les dije, “voy a volver a llamar”.
Se me estaba haciendo eterno ese rato. El hombre me dijo que tardaba unos 20 minutos, así que seguimos esperando.
Por fin llamaron al timbre. Mi salón de entonces era muy pequeño, así que el hombre entró y creo que se sorprendió al ver a tanta gente, más dos perros y el cuerpo de Altea en un espacio tan pequeño.
“Buenos días. ¿Es ella?” dijo mirando hacia el cuerpo de Altea.
“Sí” respondí yo. Estaba totalmente acoj*nada por si decía algo que me fuera a doler. Creo que mi expresión era muy seria.
“Es preciosa, se les quiere mucho” dijo.
“Sí”, volví a decir yo, deseando que todo eso terminara.
Cerramos dos cosas relacionadas con los trámites, y dijo: “Perfecto. Voy entonces a proceder a llevármela”.
“¿Llevármela?” pensaba yo, “será llevarte el cuerpo, ahí dentro ya no está Altea”.
De entre las opciones que me dio, escogí incineración comunitaria. Aunque era algo que llevaba pensando varias semanas, decidí lo que creí que me haría sentir mejor. Creo que es una de las decisiones más difíciles, al menos en mi caso, porque no sabes cómo te vas a sentir más adelante. Pero de eso ya hablaremos otro día, porque creo que da para largo. Yo simplemente no quería depender de un lugar u objeto físico donde tener que recurrir a “hablar o reunirme con ella”.
Regresó de la calle con un saco negro y se agachó en la cama donde yacía el cuerpo de Altea. Cuidadosamente la fue colocando dentro del saco mientras nosotras cuatro observábamos desde el sofá, en silencio. Nadie lloraba ni decía nada. Qué incómodo para el señor, pienso ahora.
La cogió en brazos, se despidió y se marchó.
Qué alivio. No puedo explicar la sensación de alivio que fue ese momento. Ahora solo faltaba que todo el mundo se fuera y pudiera meterme en mi cama a llorar. Ellas lo sabían, así que se marcharon, no sin antes decirme que avisara sin necesitaba hablar o compañía.
“Sí, tranquilas”, dije. Aunque ellas saben de sobra que yo no lo hago, ni cuando lo necesito.
Me di una ducha, me puse el pijama y me metí en la habitación. Zerito y Amelie vinieron conmigo. Cerré la puerta y me metí en la cama, Zerito y Amelie se subieron y se colocaron a mis pies.
Eran sobre las 14 de la tarde. Respondí los mensajes justos, a David y a dos o tres personas más. Y empecé a llorar de nuevo, como una niña pequeña.
Y así pasé todo el día, con la tranquilidad de que al día siguiente era domingo y por tanto iba poder dedicar el día a lo mismo, a estar en la cama y llorar.
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Eso fue lo que ocurrió ese día. Durante los siguientes días fueron ocurriendo más cosas, sobre todo en mi cabeza. Pero de eso ya hablaremos otro día…
Lo que hoy, 11 de diciembre de 2022, siento respecto a ese día son varias cosas:
– Altea me cuidó hasta el último instante. Me dio la mejor despedida que pudimos haber tenido, siendo la primera vez que yo tenía que vivir algo así. De verdad siento que no pudo ser mejor.
Se que voy a tener que vivir ese proceso con mis otros perros, de hecho, se que no tardará mucho en llegar ese momento con Amelie, y se que probablemente no será igual, y que quizá haya cosas que se salgan de mi plan y por tanto, lo viva de forma diferente. Pero ahora solo puedo cogerme a cómo fue la despedida con Altea.
Siempre que pienso o “hablo” con ella le agradezco eso, que me cuidara hasta el último aliento. Gracias lobita, de corazón.
– Estoy muy en paz con todo lo que sentí, no solo ese día, si no desde el día que nos dieron el diagnóstico (6 meses antes de su muerte). Entiendo que viví el proceso lo mejor que supe y pude, y entiendo de dónde venía cada cosa que hacía y sentía. Estoy segura de que fue y sigue siendo un gran aprendizaje que me deja Altea y que me ayudará a llevar mejor las siguientes despedidas.
– La emoción ha cambiado. Ya no siento una tristeza desgarradora como he sentido durante muchos meses. Siento una tristeza preciosa. Es difícil de describir, pero ahora es una emoción que incluso busco activamente algunas veces.
– Siento que es una de las experiencias más difíciles que he vivido en toda mi vida, a nivel emocional. Creo que pocas – por no decir ninguna – están a la altura, y estoy feliz de cómo lo vivo hoy en día.
Hoy, escribiendo este texto, he llorado varias veces, he tenido que parar otras cuantas, pero la tristeza que me ha llevado a hacerlo no es la tristeza desgarradora de hace meses, es una tristeza muy muy bonita.
Hasta hoy, no había podido sentarme a escribir – y por tanto, pensar – en cada detalle de ese día, y me ha venido genial, creo que es el mejor homenaje que puedo hacerle. Además, hoy he revisado por primera vez esos vídeos que grabé ese día, y han sido como una caricia al alma. No sabía si alguna vez podría verlos o si tenía sentido haber grabado en ese momento, pero resulta que sí.
– La foto del cuerpo de Altea no me hace sentir nada. Ni pena, ni alegría. Nada. Creo que, desde el mismo momento en que se fue, la saqué de su cuerpo físico y por eso ya no siento nada hacia esa imagen. Una de las labores más importantes del duelo es colocar al fallecido en algún lugar, simbólico. En mi caso, Altea está en varios lugares cuando pienso en ella. Siento que está «arriba», en algún lugar lleno de césped verde, tumbada, relajada, con esa mirada que la caracterizaba en sus últimos años de vida, con mucha serenidad, mirándonos. También siento – no la veo ni la siento realmente, pero así lo imagino – que está con nosotros (Zerito, Amelie y la nueva incorporación, Ítaca) muchas veces. Cuando salimos a la montaña a caminar, cuando estamos en el salón tumbados y relajados…
Siento que nos cuida desde allí, y que está esperando a que nos reunamos, cuando sea el momento.
Así la he recolocado y así lo siento, por eso la foto no me hace sentir nada.
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Antes de cerrar este texto, quiero decir que, si estás, has estado o vas a estar en una situación similar, no cojas nada de lo que yo he dicho como verdad. Ni grabar ese día ni llorar o no llorar es lo adecuado. Lo adecuado será hacer lo que tú sientas que es mejor para ti, y si no lo sabes, solo queda improvisar.
Porque no hay nada escrito sobre qué es mejor.
Sí existen datos que nos da la ciencia que nos dicen qué factores influyen en que el duelo sea más o menos complejo de transitar, pero de eso te hablaré en otros artículos.
Esto solo es mi experiencia personal, lo que me pasó a mi y cómo lo viví y sentí.
Lo escribo para mi, sentada en mi cocina al lado de la cristalera viendo la lluvia caer desde primera hora de la mañana. Siento que el cielo también llora.

Lo escribo para mi y te lo comparto porque siento que puede ayudarte a entender el proceso de otra persona y así quizá sentir que no estás sola o solo en este asunto, porque cada vez somos más personas transitando la muerte de nuestros compañeros y compañeras animales con el dolor que deja perder a un ser amado. ¡No podía ser de otra forma!
Si crees que tú o alguien cercano a ti necesita ayuda para transitar ese proceso, recuerda que puedo ayudaros. Te dejo la información aquí: www.dieresisanimal.es/duelo


